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México 2024: Realidad y Promesa. Parte 1

diciembre 4, 2024
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“Menos altaneros –la verdad suele hacernos modestos-, ganaremos
en serenidad y redescubriremos la satisfacción más noble, la del deber
sinceramente cumplido al servicio de los demás. La República [francesa]
también bicentenaria, merece este esfuerzo a guisa de homenaje.”
– Kofi Yamgnane 2

 

 

Nuestra república realizó una merecida pausa, hace un par de años, para conmemorar un aniversario significativo: su ingreso al grupo de naciones americanas que cruzó el umbral de los doscientos años 3 de vida republicana independiente¸ vista de manera optimista, al concluir su gesta de separación de la metrópoli española en septiembre de 1821. Es preciso, por ello, echar hoy una mirada y evaluar si México, en efecto, ha conformado su identidad nacional frente a sus raíces precolombinas y a la vez profundamente hispánicas o bien sigue en su camino por encontrar, reconocer y forjar su propia identidad. 4

 

Recordemos brevemente lo que ha acontecido en México durante los últimos tres siglos: tres guerras (una de ellas sucia), dos intervenciones (una de ellas a petición de parte), dos imperios (uno efímeramente propio y otro extranjero) tres dictaduras (una de ellas perfecta), un periodo de reforma republicana, dos dolorosas revoluciones (una de ellas amplia y socialmente reconocida), una marcha al mar, diez devaluaciones de su moneda 5 (una de ellas defendida, sin éxito, caninamente), una supuesta renovación moral, una doble alternancia democrática, una caravana y tres marchas por la paz, dos pandemias, una todavía de reciente memoria, que tristemente trastocaron nuestra otrora vida tranquila societaria e impulsaron imaginaciones perversas y, finalmente, un cuarto intento transformador ya con segundo piso incluido. 6

 

Vemos que México si bien ha vivido intensamente también ha sufrido intensamente. Pertenece a una región –no exclusiva por supuesto- que ha conocido de cerca el fracaso y la derrota pero también ha probado el éxito y el triunfo sobre todo con olor a petróleo. Ha nacido, ha crecido; se ha perdido y convulsionado; se ha hallado y se ha reinventado; ha muerto y ha resucitado.

 

El pequeño cuadro histórico que esbozamos nos ofrece una ventana a nuestro futuro. Sus dimensiones, transparencia y trascendencia dependerán invariablemente de la óptica individual del espectador; sin embargo, el mañana mexicano se antoja difícil pero no imposible, vigoroso pero fragmentado, plural pero no excluyente.

 

El futuro nos exige invariablemente sortear obstáculos, aparentes y ocultos y esquivar trampas que invitan a la procrastinación. Implica que limpiemos las ventanas de nuestra percepción personal y beneficiar con ello a la patria mediante renovados esfuerzos por hacer del suelo que nos vio nacer un auténtico semillero de sueños y no un sepulcro de honor sin guirnaldas de oliva ni laureles de victoria.

 

Al explorar, conocer, evaluar y sugerir la identidad nacional, ¿podremos superar, en palabras del antropólogo francés del siglo XX, Alfred Sauvy, el tercer mundo 7 que nos detiene y envuelve? La pregunta ciertamente invita a la reflexión. Comencemos.

 

Primera Parte

 

Hace ya más de cinco décadas, don Octavio Paz, en Corriente Alterna 8 señaló atinadamente que “la nación es la proyección del individuo” y sirve como nexo para su representación imaginaria. ¿Qué clase de individuos y, más específicamente, ciudadanos, estamos proyectando hoy en la representación nacional? Vemos que todavía México se debate en discusiones anacrónicas entre el discurso liberal contrapuesto con el discurso de la revolución mexicana y la posición conservadora en conflicto perenne con la izquierda.9 ¿Habrá terreno medio plausible entre progresistas y conservadores? ¿Entre chairos y fifís? ¿Entre morenos y oposicionistas?

 

En este contexto, abrigo la esperanza franca de que las palabras del escritor Carlos Fuentes en Agua Quemada 10, no continúen siendo proféticas. El país requiere de trabajo centrado, honrado y forzado para que su sociedad civil logre una unificación no sólo política, que desde hace más de cien años se logró por vía de la imposición y no del convencimiento sino una verdadera integridad cultural. En fin, México necesita consolidar su identidad nacional no en las letras sino en los corazones de los mexicanos.

 

Lejos estoy de proponer aquí que enarbolemos una bandera que resulta hoy trasnochada y demasiado deslavada. México, en consonancia con lo que expresó hace ya casi ocho décadas el escritor británico George Orwell 11 , no necesita de nacionalismos. Necesita de un patriotismo renovado y sincero. Si verdaderamente queremos evitar un descalabro mayor, más allá de no acudir a la siguiente cita olímpica o mundialista, con quinto partido incluido, debemos afianzar nuestra identidad, no sólo a través del conocimiento y afirmación de nuestro ilustre, aunque quizás trágico, pasado, inmediato y mediato, sino en el agitado, fascinante y –más importante- cambiable presente.

 

Hoy se analizan los grandes temas que nos aquejan. Hoy se presentan posibles soluciones y hoy se trabaja para lograr los objetivos trazados. Expliquémonos.

 

La discusión sobre la identidad nacional, después doscientos años que dejamos de ser un jugoso apéndice, al terminar nuestra guerra de independencia, de la península ibérica y que nuestros vecinos, tanto norteños como sureños, nos reconocieron más como mexicanos que novohispanos, se debe centrar en lo que guardamos celosamente: nuestra promesa como país próspero y no sólo aguantador e ingenioso, plenamente exitoso sin adjetivos y mediocridades. Para ello debemos situarnos en nuestra realidad, pero concentrarnos, precisamente, en nuestro promisorio futuro.

 

No obstante que México está próximo a cumplir doscientos años en que concluyó su lucha autonómica bien podemos decir que su identidad fue forjada mucho antes de 1821. Siglos de inocencia salvaje, conforme la teoría de Rousseau 12, y posteriormente sacrificios y dominación azteca para luego soportar trescientos años de maridaje español proporcionaron las semillas de nuestra mexicanidad. La etapa independiente ha permitido poner en práctica nuestro concepto de lo mexicano y ha servido de laboratorio para comprobar teorías nacionales y refutar mitos geniales (el de la pobreza extrema excluido) y hasta improbables cuartas transformaciones.

 

Desde pequeños se nos enseñó que la forma geográfica del país, sin contar obviamente la mutilación de la parte norte de nuestro territorio nacional producida durante las diversas guerras con los Estados Unidos suscitadas entre 1836 y 1848 –y sus subsecuentes compraventas forzosas- tiene la forma de una cornucopia o cuerno de la abundancia 13. Espero que esto no sólo se quede en nuestras clases de geografía, sino que se traduzca en una vivencia cotidiana. ¿De qué sirve la forma sin el fondo?

 

México vive, sí pero ¿cómo? ¿Sobrevive en las galeras de las naciones por fallecer o se perfila, espero que antes de que concluya la primera mitad del presente siglo, como una nación integralmente exitosa? Entendido este concepto bajo una triple acepción: anglosajona, aborigen y oriental. Es preciso evaluar si México, dentro del concierto de países, ha contribuido positivamente en el quehacer de otras naciones y a la humanidad entera, si ha compartido su riqueza con aquellas cuya posición o mentalidad derrotista no le ha permitido salir adelante o, de lo contrario, se ha encerrado dentro de un cascarón que impide crecer bajo un proteccionismo ilusorio o, peor aún, un intento de regreso al pasado estatista mediato. ¿El mundo necesita a México?

 

Al respecto, los gobiernos federales recientes, guindas, tricolores y azules, se han empeñado en producir números, estadísticas, cualquier equivalencia que los separe y diferencie de regímenes anteriores y justifique su gestión rayana en la mediocridad. Este enfoque no ha permitido que México levante cabeza y emprenda el vuelo pues no se puede seguir un rumbo sin tener, por ejemplo, en el Plan Nacional de Desarrollo elaborado sexenalmente al amparo de la Ley de Planeación 14 objetivos claros y módicos pero alcanzables. Las filosofías no deben tener cabida en los documentos que plasman, por lo menos oficialmente, el rumbo estatal de la nación. El discurso debe ser otro y el enfoque uno fresco, no atado a las censuras o sensacionalismos mediáticos y a los vaivenes de las contiendas políticas. Es mejor actuar que reaccionar.

 

La única estadística verdadera es la que refleja vivamente la situación de las familias mexicanas ante las crisis. Por ejemplo, ¿de qué sirve que el promedio educacional se eleve si aquellos que terminan sus carreras universitarias o estudios politécnicos son los primeros en faltarle el respeto a sus mayores, tirar basura en la vía pública –sea que se desplazan a pie o en automóvil-, molestar a sus vecinos y pensar primero en ellos que en los demás? ¿Me debo considerar como su igual? ¿Tenemos la misma identidad como connacionales y hemos asumido compromisos similares en torno a la identidad nacional?

 

Por lo menos tres generaciones de mexicanos, la propia incluida, han estado marcadas por una reafirmación y consolidación de la identidad nacional frente a la embestida del vecino incómodo. Aquél país situado al norte del Río Bravo o Grande; es decir, bravo para los mexicanos que intentan cruzarlo y lo suficientemente grande como para fincar ahí la división cultural y lingüística que divide como una herida 15 buscó y en gran medida logró imponer su cultura –sí así se puede llamar a su interacción societaria- allende al río, la frontera más contrastante –y paradójicamente también la más transitada- del mundo.

 

Afortunada -o desafortunadamente- la preeminencia de los Estados Unidos no tendremos que sufrirla o invitarla perennemente 16. Ahora que la Unión Europea y su moneda serán la fuerza dominante económica en el mundo 17 durante los próximos decenios, quizás podremos aprovechar los mexicanos la coyuntura y experimentar, si así le exigimos a nuestras mentes y nuestros cuerpos –nuestro espíritu ya lo sabe y no necesita de convencimiento- un genuino renacimiento de lo mexicano frente a propios y extraños.

 

Ser mexicano en el mundo bien podrá significar ser de vanguardia, honesto, preparado y no sólo ingenioso, tramposo 18 e improvisado como se nos ha caracterizado desde la segunda mitad del siglo XX. Reiteramos la interrogante que servirá de cauce secundario a este ensayo, ¿qué clase de individuos y, más específicamente, ciudadanos, estamos proyectando hoy en la representación nacional? 19

 

La identidad nacional existe y aunque más adelante haremos un recorrido más extenso, tanto personal como comunitario, podemos aquí señalar, sin temor a equivocarnos, que somos un país guerrero, fundido en nuestras propias derrotas y en nuestra sagacidad para sobreponernos a ellas. Somos un país con recursos y extensión pero a la vez pobre y sin visión. ¿Podremos salir adelante? Tengo la certeza de que así será y, por lo pronto, confieso que no me interesa ser mediocre cuando está México en la balanza y en la encrucijada, presa actual de temores visibles e invisibles –como el narcotráfico, la influenza viral o el Covid-19. A la gran mayoría de mis coterráneos sé que tampoco les interesa pasar inadvertidos por el mundo sino que buscan trascender ante el complicado panorama actual.

 

Despertar de nuestro letargo, de nuestra ancestral apatía, significará que dejemos de proyectar en nuestro firmamento a dudosas luminarias que sólo logran irradiar sus propios fracasos, contradicciones y egoísmos. Rechazo, empero, la mediocridad y creo que a México tampoco le interesa buscarla; por ello, es preciso retomar el preciado legado que dejó la revolución mexicana como acto purificador de la identidad nacional.

 

Si nuestra mexicanidad podrá ser material de exportación, habremos de dilucidar si estamos convencidos en lo personal de que lo mexicano; es decir, la idea que tienen sus habitantes de la cultura que dentro de nuestro territorio hemos heredado pero, más importante, también hemos forjado. Entonces, insisto, ¿qué significa ser mexicano y ser portador de una identidad nacional distinta de otras que son completamente diferentes e incluso de aquellas que son similares por haber abrevado igualmente de la experiencia española en su historia?

 

El tema es muy sencillo: ser mexicano significa reconocer que el conjunto de valores culturales e ideas que engloba nuestra idiosincrasia son diferentes de cualesquier otro sistema cultural que existe en otra parte del mundo. No obstante, el hecho de que la identidad mexicana sea reconocida en lo personal no significa que la patria mexicana anide en otras personas que nacieron asimismo dentro del territorio nacional o sean hijos de padres mexicanos– o bien les haya tocado la fortuna de haber nacido abordo de alguna embarcación o aeronave nacional- en el mismo grado o siquiera con el mismo matiz, tonalidad, circunstancia, convicción y, finalmente, pasión.

 

Contestamos, entonces, la interrogante planteada líneas arriba: el mundo, en efecto, necesita de México, no como fuente de una historia riquísima sino de una fuente actual de poder político, económico y cultural.

 

El mundo requiere de las experiencias singulares por las que México ha atravesado para seguir madurando el proceso de fusión en el que está inmerso ya que ninguna otra nación sobre la faz de la tierra, sin temor a equivocarnos, está mejor asimilada con su situación y asimilada a su identidad que nuestro país. 20 Nuestra identidad congénita como nación es precisamente producto de una combinación única e irrepetible.

 

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