
Hace unos días participé como panelista y coorganizador del Foro 70 años 70 voces dentro del marco de los 70 años de la licenciatura en Arquitectura y Urbanismo en la Universidad Iberoamericana y reflexionamos sobre otros futuros urbanos posibles, más sostenibles, regenerativos y en equilibrio con el medio ambiente; de algunas conclusiones expuestas me gustaria abordar el tema en estos ejes fundamentales:
1. La paradoja del crecimiento
Dice el geógrafo marxista británico David Harvey sobre la ciudad capitalista: «No construimos ciudades para vivir sino para que inviertan en ellas». Esta idea resume su argumento de que las ciudades han estado moldeadas por las dinámicas del capital más que por las necesidades humanas. ¿Cómo hacer una ciudad en la que la inversión y el crecimiento logren cerrar las brechas de desigualdad y encontrar convergencia con la agenda urbana y el cambio climático?
El dilema no es nuevo: ¿cómo responder a la demanda de vivienda, empleo e infraestructura sin agotar los ecosistemas que sostienen la vida urbana?
Las ciudades latinoamericanas, en particular, crecen en contextos de desigualdad y fragmentación territorial. Invertir, por tanto, no puede significar simplemente construir más, sino reparar lo que la expansión ha roto: reconectando, regenerando, recuperando y reconstruyendo sobre lo existente.
La arquitectura, el urbanismo y la ingeniería deben pasar de una lógica extractiva a una lógica regenerativa, donde cada metro cuadrado edificado devuelva algo al entorno: agua, sombra, biodiversidad o cohesión social.
Otro ejemplo es el proyecto de Ágora Cañada de los Negros en Hermosillo, Sonora, que desarrollamos para SEDATU, un equipamiento urbano que convierte una quebrada residual en espacio público y paisaje. Aquí, la infraestructura no borra la geografía: la revela. La topografía, antes un límite, se convierte en un anfiteatro natural, un captador pluvial y un corredor biocultural. El diseño se convierte en mediador entre la sociedad y el territorio.
Del mismo modo, los Centros de Barrio en Fresnillo y Zapata, Zacatecas, reafirman que el desarrollo puede ser inclusivo si se entiende como un proceso de reconstrucción del tejido social. Cada espacio público, cada equipamiento, genera valor para el entorno no solo por su forma, sino también por su capacidad de activar la comunidad, y esa es la verdadera infraestructura: la que produce pertenencia.
El paisajista chino Kongjian Yu, creador de las “Ciudades Esponja”, dejó un legado único en el que el manejo del agua no es un servicio oculto, sino un componente activo y ecológico de la ciudad. Las superficies permeables, los humedales urbanos y los jardines de infiltración son herramientas para absorber y devolver agua al subsuelo, transformando las tormentas en oportunidades de recarga natural. Siguiendo esta lógica, estos proyectos mencionados incorporan soluciones basadas en la naturaleza (NBS) como parte integral del diseño urbano.
Un caso concreto es mi propuesta de bosques urbanos tipo SUGi en la Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México. Estos minibosques, basados en el método de reforestación Miyawaki, buscan regenerar la biodiversidad nativa y mejorar el microclima en zonas urbanas densas. Son una versión local de las microinfraestructuras verdes que ciudades como Copenhague y Singapur han adoptado para reducir las islas de calor y capturar carbono. La escala pequeña, en contraste con los megaproyectos, se vuelve aquí símbolo de un cambio profundo: construir una ciudad a partir de la restauración ecológica, casi de acupuntura, con un contundente mensaje: crear espacios de convivencia, restauradores del equilibrio ecológico que promuevan comunidades saludables y más humanas donde la gente viva feliz.
En este sentido, la idea de “derecho a la ciudad” se convierte en una herramienta práctica: implica garantizar el acceso equitativo al espacio, al aire limpio, al transporte digno y a la infraestructura verde. Diseñar un edificio, un parque o una planta industrial implica decidir qué tipo de futuro urbano estamos construyendo y ese futuro no puede seguir fundándose en el consumo irresponsable del territorio.
La experiencia del proyecto Ciudad Creativa del Diseño en la Ciudad de México, como parte de una amplia agenda de políticas públicas vinculadas a la designación de la UNESCO, parte justamente de esta premisa: que la creatividad y la inversión no deben competir con la naturaleza, sino integrarse a ella. El diseño, cuando se alía con la ecología y la cultura, se convierte en el puente entre la productividad y el bienestar.
5. Una nueva narrativa para el desarrollo
El crecimiento responsable implica aprender a leer los límites del territorio y transformarlos en oportunidades de diseño. Significa reconocer que la naturaleza no es un obstáculo al desarrollo, sino su mejor aliada y, sobre todo, entender que el valor de una ciudad no se mide actualmente solo en su capacidad de atraer inversiones, sino en la calidad de vida y la biodiversidad que es capaz de sostener, regenerar y generar con dichos recursos.
6. Hacia modelos urbanos sustentables y regenerativos
El futuro de nuestras ciudades no depende solo de detener el deterioro ambiental, sino también de revertirlo activamente. Los modelos de desarrollo urbano deben evolucionar desde la sostenibilidad hacia la regeneración, que busca restaurar los ecosistemas y fortalecer la relación simbiótica entre la humanidad y el territorio ante la grave crisis derivada del cambio climático global.
En el urbanismo regenerativo, cada intervención forma parte de un sistema vivo: los edificios ahorran y generan energía, los parques filtran aire y agua, las calles capturan carbono y las infraestructuras se convierten en hábitat para otras especies. Este modelo redefine el valor del suelo no por su densidad edificable, sino por su capacidad para regenerar vida.
Los proyectos que hemos mencionado encarnan esta transición. Desde los bosques urbanos tipo SUGi en la Delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México, hasta la planta de biomasa en el Estado de México, cada proyecto es una célula de un metabolismo urbano en recuperación. El crecimiento responsable no se mide en términos de expansión, sino de restauración ecológica, de resiliencia y de sus efectos positivos en el territorio.
Finalmente, me gustaría enfatizar que los retos del crecimiento responsable y sostenible son muy complejos; sin embargo, estamos ante una coyuntura social, política, económica y ambiental única. Como diría Harvey, aboguemos por el “derecho a la ciudad”, pero como un eslogan político para construir entornos urbanos con menor desigualdad, donde la inversión, el crecimiento y el desarrollo integren los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) con la visión de aliviar la pobreza, crear bienestar social y proteger al planeta.
América Latina, con su enorme diversidad ecológica y cultural, tiene la oportunidad de liderar este cambio. Nuestras ciudades pueden convertirse en laboratorios de innovación regenerativa si logramos articular políticas públicas, inversión y diseño con una visión común: devolver más al planeta de lo que tomamos de él. Esa es la tarea urgente y valiosa del siglo XXI.
By Ruysdael Vivanco / RVDG Arquitectura + Urbanismo
For decades, urban growth has been viewed as synonymous with expansion, infrastructure, and capital. However, the real challenge of the 21st century is not simply to grow more but to grow better. This means reconciling investment with nature, balancing profitability with resilience, and aligning development with ethical considerations for the territory. The contemporary city should stop regarding itself solely as a machine for generating added value and begin to perceive itself as a living organism. Each project should be seen as a cell within a larger ecosystem, where various interrelationships are established.
A few days ago, I participated as a panellist and co-organiser of the 70 Years, 70 Voices Forum, held to mark the 70th anniversary of the degree in Architecture and Urban Planning at the Universidad Iberoamericana. We reflected on other possible urban futures that are more sustainable, regenerative, and in balance with the environment. From some of the conclusions presented, I would like to address the issue in these fundamental areas:
climate change?
When paired with a clear vision, capital can drive ecological balance. However, this requires the development of policies and instruments that incentivize regeneration.
Investing in nature is not philanthropy; it is the intelligent management of resources, both economic and renewable, and the harnessing of clean energy. Notably, the construction sector accounts for between 37% and 40% of global carbon dioxide (CO2) emissions. The sector also consumes around 36% of the world’s total energy. Where are we headed?
Mexico provides clear examples of a responsible environmental transition. In the State of Mexico, the architecture and urban planning firm I lead is currently developing a project for a solid waste processing plant. This facility aims to convert waste into pellets that can be used to generate clean energy. It serves as a demonstration of how industry can coexist harmoniously with the landscape
while attracting investment.
The main building is located on a site featuring reinforced earth walls and gardens that serve as ecological filters. Permeable paving and green strips onvert an industrial project into a dynamic environmental system, allowing water to infiltrate and heat to dissipate naturally. This investment not only maintains efficiency but also enhances it through ecological intelligence.
A clear example of our work is the Ágora Cañada de los Negros project in Hermosillo, Sonora, developed for SEDATU. This urban facility transforms a residual ravine into a public space and landscaped area. In this project, the infrastructure does not erase the geographical features; instead, it highlights them. The topography, which was once seen as a limitation, now serves as a
approach incorporates nature-based solutions (NBS) as fundamental elements of urban design, embracing the beauty and resilience of nature within our cities.
adaptation of the green micro-infrastructures that cities like Copenhagen and Singapore have adopted to mitigate heat islands and capture carbon.
and live happily.
Responsible growth demands a new approach to urban governance. Urban planning can no longer treat economics and ecology as separate entities, nor can public spaces be seen merely as expenses; instead, they should be viewed as investments. Investment programs must incorporate metrics for environmental and social well-being alongside the usual financial returns. Additionally,
considered a contract with the city.
The concept of the «right to the city» serves as a practical tool. It involves ensuring fair access to public space, clean air, reliable transportation, and green infrastructure. When designing a building, park, or industrial facility, we are essentially making decisions about the kind of urban future we want to create.
In regenerative urban planning, every intervention is considered part of a living system. Buildings are designed to save and produce energy, parks help filter air and water, streets capture carbon, and infrastructure serves as habitat for various species. This model redefines the value of land not by its buildable density, but by its ability to regenerate life.
vast ecological and cultural diversity, has a unique opportunity to lead in transformative change. By aligning public policies, investments, and design under a shared vision, our cities can evolve into hubs of regenerative innovation.
urgent and important task of the 21st century.


